Café con hielo

Por Lina Álvarez

Corría el mes de agosto del pasado año. Yo trabajaba en una tienda de material de bellas artes cuyas ventas, en ese tórrido verano, habían descendido considerablemente —todo el mundo sabe cómo es agosto en una ciudad de interior— y no paraban de presionarnos para que aumentáramos los beneficios; sin embargo, la ciudad estaba vacía, apenas había gente por la calle y no podíamos hacer nada para vender cosas. Todo el mundo estaba de vacaciones, incluida la encargada. Otras, en cambio, no nos podíamos permitir quince días en Dinamarca, ni siquiera una semana en el pueblo en el que nacimos. Nuestro sueldo no alcanzaba el salario mínimo; de hecho, yo ni siquiera estaba contratada, sino obligada a estar dada de alta como autónoma para poder trabajar allí. Como trabajaba por horas, y para colmo de males, me habían reducido la jornada a tres horas por las tardes, como estrategia para ahorrarse unas perras, se me presentaba un mes verdaderamente asqueroso. Era, por así decirlo, una ganga obrera.


Aquella tarde hacía un calor terrible y no me apetecía trabajar, regalarle al dueño de aquel negocio un tiempo de mi vida que ya no volvería, en una tarde de calles vacías y horas muertas. En lugar de eso, me puse el bañador, cogí mi toalla y me subí al autobús. Tuve que caminar un poco antes de llegar a una casa atrincherada detrás de una suntuosa —pretenciosa, diría yo— verja metálica. Envuelta en mi pareo y con un gorro de paja que me había regalado una amiga el verano anterior, y que me pareció muy oportuna para el lugar al que me dirigía, llamé al timbre. Pensé que me contestaría un ama de llaves con delantal y cofia (culpa de la imagen que proyectaban tanto la verja imponente como las condiciones laborales que padecíamos en la tienda), pero fue él directamente, sin criadas a la vista, quien descolgó el telefonillo. Me había presentado en la casa de mi jefe. Sorprendido, me preguntó qué hacía allí en lugar de estar trabajando (“eso mismo podría decir yo”, pensé). Le expliqué que hacía mucho calor, que no había nadie en el centro, que no se vendía nada en esos días y que me apetecía bañarme en la piscina de su jardín. Él no daba crédito. Yo le expliqué que aquella piscina salía de mi trabajo y mi esfuerzo, que aquella piscina era tan suya como mía y que pensaba pasar la tarde en remojo. “Lo mínimo que puedes hacer, después de todo lo que has conseguido gracias a mí y al resto de empleados, es invitarme a un café con hielo”. Y entonces, la sorprendida era yo: ¿acaso había sido la primera empleada en darse cuenta de todo esto?

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