Crónica de una estancia en Chile

Per X. Pujols

Estamos a pocas semanas de que se celebre el referéndum en Chile, que determinará si el pueblo quiere una reforma de la Constitución actual o si opta por iniciar un proceso constituyente de una nueva Constitución. Se concentran ante este evento democrático todos los anhelos tras meses de lucha en las calles chilenas desde el pasado mes de octubre. Han sido cinco meses de confrontación con el ejército, en un principio tras el toque de queda inicial y posteriormente contra los carabineros, las fuerzas represoras del sistema. El balance es de 28.000 detenidos, 2000 presos políticos, 30 muertos oficiales, y 24  casos de violación y/o violencia sexual.

Puede parecer poco lo arrancado con la lucha –un referéndum sobre la Constitución–, pero cabe decir que el actual documento, heredero del dictador Pinochet, no reconoce prácticamente ningún derecho para el pueblo. De esta Constitución se deriva la privatización del Estado y determina las condiciones de vida de la gente, y ha sido el detonante de que el “paraíso chileno” (que es como el régimen se vendía en comparación al resto de Latinoamérica) se derrumbara en un día. Así ha quedado escrito en las paredes de las calles de Chile: “Chile despertó”.

Paseando por la renombrada Plaza de la Dignidad, observas los murales con los rostros de las personas asesinadas, los carteles con eslóganes como “Recuerda, no eres clase media: eres clase obrera asalariada y endeudada”, o consignas contra el patriarcado con la ya famosa letra del grupo de mujeres Tesis: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía. El violador eres tú”. Estas palabras han trascendido al mundo entero y revindican causas históricas, y nos hacen sentir que en estos meses de lucha y sufrimiento se ha ganado no solo un plebiscito, sino una batalla ideológica en la conciencia del pueblo chileno, que hasta ahora no había conseguido romper con la hegemonía ultraderechista que perduraba en el país desde el fin de la dictadura.

No solo se ha conseguido ganar esa batalla ideológica, sino otra más importante: el despertar de la solidaridad. Así, se ha roto el individualismo que el sistema ultraliberal había conseguido introducir en la vida de la gente.

Paseando, momentos antes de producirse el próximo enfrentamiento, se podía constatar esa solidaridad de clase. Un ejemplo claro eran los voluntarios médicos, que se preparaban con sus escudos, mascarillas y equipos asistenciales para atender a los próximos quemados por la cal viva –que el gobierno mete en las tanquetas de agua a presión para dispersar a la gente, y abrasa cualquier parte de piel que quede sin proteger– y a los asfixiados por los gases pimienta.

La solidaridad también se palpa mientras se comparte la comida antes de la próxima confrontación. También se respira solidaridad en el altar improvisado donde murió el último asesinado, que sirve como homenaje y testimonio de lo ocurrido –desmantelado al día siguiente por los carabineros para borrar las huellas de sus crímenes. También en la parada del metro donde se produjeron torturas y violaciones los primeros días, sepultada por toneladas de piedras abocadas por la gente para inutilizarla, o en la concentración ante el teatro quemado por las bombas incendiarias. La solidaridad y la unión de la bandera chilena con la del pueblo mapuche, reprimido y marginado sistemáticamente, creando una única causa solidaria por los derechos sociales.

Lo que resulta impresionante es observar que esto no ha ocurrido solo en la capital, sino que la gran mayoría de ciudades del país, donde se podía observar el mismo panorama en sus plazas más céntricas: un entorno desolado, quemado en la confrontación del pueblo con los represores. Ha sido un levantamiento general.

Es evidente que una lucha de tantos días y meses no se mantiene con la rabia inicial que provocó la subida del precio del transporte público, sino por dos circunstancias que permiten que continúe. Por un lado, están las condiciones de vida de la población; si bien si hay trabajo, el salario no les alcanza para vivir, pues la sanidad es prácticamente privada, así como la educación (la pública existe pero es un desastre). Los índices de pobreza son exagerados: la gente pide créditos para comprar comida y poder llegar a fin de mes, con lo cual los supermercados son los grandes prestamistas que tienen a la gente trabajadora endeudada, con un sistema de pensiones que debe sufragar el propio trabajador con su sueldo y que no llega ni al mínimo vital. El ejército es fiel al régimen, ya que recibe todos los beneficios de la única nacionalización que la dictadura no revirtió –las minas de cobre–, así como con otros privilegios para ellos en materia de sanidad, educación o pensiones que la actual Constitución no reconoce para al resto de chilenos.

Por otro lado, la otra circunstancia que permite que siga la lucha es la organización.  La existencia de un partido organizado, y en especial el Partido Comunista de Chile, permite crear grupos de autodefensa propios, que tienen presencia en todo el territorio del país. Así, extienden y globalizan la lucha y, sobre todo, dan sentido desde sus postulados de siempre: anticapitalismo, feminismo, integración de los pueblos, la lucha de la clase trabajadora. Se ha producido un reencuentro del estallido social con el mensaje y el discurso mantenido del partido.

Mi estancia en Chile culminó en un acto del mítico grupo Inti-Illimani, que ya tuvo un papel destacado contra la dictadura. Perdurará siempre su cántico con la voz en alto y con el puño levantado: “El pueblo unido jamás será vencido”.

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