FRENTE AL MOMENTO POPULISTA, EL PROYECTO DEL SOCIALISMO

Artículo de Ferran Gallego

A veces, los aniversarios tienen la tonalidad que les dio Gil de Biedma en uno de sus poemas, cuando recordaba la tristeza de una habitación compartida…”cuando ya no nos queremos demasiado”. ¿Y nosotros? ¿Nos queremos a nosotros mismos lo suficiente para levantar una tradición frente a quienes desean desbordarnos con su inmediatez ávida, frente a quienes consideran que este siglo XXI ha traído bajo el brazo lo que no consiguieron los más brutales golpes de la contrarrevolución en los cien años anteriores? ¿Nos queremos lo bastante para hacer algo más que dar testimonio de nuestra existencia en el rincón más triste de esta pasarela de ocurrencias en que se ha convertido la política?

Porque parece que nadie desea levantar una voz que pueda mantener una identidad operativa del marxismo, del socialismo, de la vertebración de la sociedad que se obtiene con una larga trayectoria de aprendizaje que tan dispuestos están algunos a lanzar por la borda, mientras otros se empeñan en custodiarla en bodegas inmóviles, creyendo que esconderla es lo mismo que ponerla a salvo. El socialismo, nuestro socialismo, no es una reliquia. No mejora en la penumbra ni se estropea al contacto del aire. No se refuerza tampoco indicando que, ahora, la única forma de preservar nuestra identidad , el único modo de ser leales a una herencia, es hacer torpes analogías con otros momentos de unificación, y entregar lo poco que queda, lo valioso que queda, a quienes nada tienen que ver con nosotros y nos lo han dicho, además, de todas las maneras posibles. Incluso cancelando las vías de entendimiento que parecieron atisbarse hace unos meses.

Lo que hay ante nosotros son dos posiciones, dos perspectivas, sobre las que se deciden dos estrategias, pero sobre las que se definen (y esto es lo más importante) dos culturas políticas. La que ha tenido más éxito electoral es la que carece de proyecto. No es una incongruencia: es, por el contrario, una relación orgánica con el momento que vivimos que no debe despreciarse. El populismo es, de entrada, el avistamiento y delimitación de una “situación”. No pensemos ahora en correlaciones de fuerza u otros instrumentos con los que hemos trabajado durante décadas. Una “situación” no es una coyuntura. Una “situación” es un periodo que determina y forma el sujeto político que debe actuar. No es un momento preciso de la historia en la que el sujeto ya existente se adapta a las condiciones de una circunstancia. La diferencia entre el populismo y el marxismo es que el populismo se enorgullece de carecer de dos cosas: un sujeto ya existente y un proyecto constituido.

Para el populismo, el marxismo es un determinismo falso y caduco, porque no es a la clase obrera a la que corresponde esa subjetividad, y porque el horizonte de emancipación no está predeterminado. Para el marxismo, las cosas no se han modificado en aquello que justifica la existencia de las organizaciones políticas tradicionales de la izquierda obrera: la perspectiva de clase y el proyecto socialista. El “momento populista” no es una coyuntura favorable: es la circunstancia fundacional, la que da calidad genética, rasgos propios, personalidad precisa a un movimiento. Todo lo que se ha agrupado en forma de protesta, de desafecto, de irritación, se constituye en un “momento populista” de amplia capacidad de coincidencia contra unas condiciones insoportables de sufrimiento social. No es una toma de conciencia de clase. Es una percepción difundida ampliamente de descontento, que aprovecha la deslegitimación de la representación política existente hasta entonces. No se define por la existencia de un proyecto en torno al cual se agrupan sectores movilizados y progresivamente organizados. Se afirma en el éxito de una convocatoria a protestar contra una situación intolerable y contra los sectores políticos cuya representación se da por cancelada. Resuelve la complejidad de un sistema social mediante la oposición entre el pueblo y la oligarquía que ya confundió a los regeneracionistas españoles de fines del siglo XIX. Y, sobre todo, señala que el pueblo ni siquiera existe verdaderamente: se encuentra en un proceso constituyente que se identifica con su propia movilización. Los populistas nunca han sido la expresión directa del pueblo. Los populistas siempre han sido quienes definen lo que es y lo que no es pueblo verdaderamente.

¿Por qué nos confunde todo esto? Por su éxito. Por su éxito electoral, al haber obtenido de una tacada cinco millones de votos, frente a los dos millones y medio de los mejores tiempos del PCE y de Izquierda Unida. Por sus setenta escaños, frente a los veintitrés del mejor resultado del PCE en 1979 o los 21 que obtuvo Izquierda Unida tras el saqueo provocado por el sistema electoral español en 1996. Por su éxito electoral y por la visibilidad que todo éxito electoral y presencia institucional proporciona. Pero eso no es una victoria, en el sentido en que se utilizaba la palabra en la tradición de izquierdas. Es un “éxito”, en la perspectiva en la que se habla en los ambientes del espectáculo. Reconozcamos, con todo, que de éxito se trata, a la espera de saber para qué sirve, además de para carecer de cualquier capacidad de gestionar los ritmos cortos de la política, sin confundir la táctica con la provocación estética ni la estrategia con la verborrea. De momento, un error táctico descomunal nos ha regalado nueve años de presidencia de Rajoy. Y no es que uno vaya a defender a estas alturas el bipartidismo. Es que romper el bipartidismo era darle el máximo de utilidad al voto popular y el mínimo de sufrimiento social a cambio de mantener el dudoso prestigio del sectarismo. Ya sé, ya sé que las cosas fueron muy complicadas hace un año. Pero también sé (y parece que lo ignoran muchos compañeros) que Izquierda Unida, el PCE o el PSUC nunca habrían permitido que Rajoy y el PP continuaran gobernando. Esa es la tradición vulnerada. A veces, con nuestro propio aplauso.

Éxito electoral sin proyecto político, decíamos. O sin nuestro proyecto político, deberíamos decir, que es el de la unidad de la izquierda y el de la lucha contra el capitalismo, siendo los trabajadores explotados sujeto permanente de ese horizonte de transformación. Un proyecto político que es el de la democracia radical, donde la representación de combina orgánicamente con la movilización y la organización de la sociedad. Y no se limita a una yuxtaposición intermitente, espasmódica, cuando los tribunos de la plebe dejan el escaño para bajar un día a manifestarse con los compañeros. La recalificación de la representación política es algo un poco más serio, y es lamentable que la crisis de legitimidad haya beneficiado a quien lo ha hecho.

Pero no puede extrañarnos que así haya ocurrido. Porque la movilización sin proyecto es una relación congruente, orgánica, con la realidad social de nuestro tiempo, que aún no hemos sabido manejar. El “momento populista” tiene una vinculación con la realidad y sus percepciones de la que no dispone la izquierda obrera. Es una “situación”. Son hijos directos de una devastadora crisis a corto plazo. Pero también nietos de una corrosiva destrucción de los espacios materiales sobre los que se construyeron los proyectos reformistas y revolucionarios de clase, desde la década de los 80. Sin la derrota política y cultural de la izquierda obrera; sin la hegemonía de la globalización; sin la acelerada pérdida de instancias materiales y conciencia social; sin la liquidación de las organizaciones sindicales y políticas de los trabajadores, la crisis no habría golpeado como lo hizo a una sociedad indefensa. Y el populismo no habría encontrado ese “momento” de emergencia. Un momento en que ha sido capaz de convertirse en el espejo de las diversas e incluso antagónicas formas de irritación social que existen. Pero quienes se presentan como superadores de una vieja izquierda son también los rasgos más visibles de la inmadurez de una protesta, de su vaciado cultural, de sus graves carencias identificadoras. Cuando les dicen a sus electores que ellos representan exactamente lo que pasa en la sociedad, no engañan a nadie: son, entre otras cosas, evidencias de este tiempo terrible de expropiación cultural que padece la izquierda. Son el producto de un paisaje social devastado durante más de treinta años. Son un fenómeno explicable solo en el campo de una severa reducción de horizontes de cambio, de conciencia de clase, de organización de los trabajadores, de expansión del discurso anticapitalista. Su cuidadoso rechazo a usar términos como “izquierda”, “socialismo” y “clase obrera” son un esfuerzo para no molestar, para no perder apoyos, para no asustar a nadie, para no poner barreras. Ese situacionismo habría sido marginal y chistoso de haber intentado levantarse en momentos en que los trabajadores dispusieran aún de sus recursos organizativos y de su capacidad analítica tradicionales. Porque, además, mientras esa negativa a tomar referencias de la izquierda se basa, en algunos, en un cuidadoso cálculo de propaganda, se construye, en otros, como una decidida apuesta por una ruptura con el socialismo.

Todo ello ha sucedido como resultado de la crisis. Pero también como producto de una incompetencia propia. El Polo Alternativo lo ofreció el PSUC hace mucho tiempo, sin que nadie acudiera a él: no porque lo hiciéramos todo bastante mal (que también…), sino porque el “sistema” tan atacado ahora por el populismo fue muy generoso en su capacidad de alentar conformismo y de encapsular los pequeños espacios de resistencia. No fue el populismo el que nos dijo que estábamos fuera de foco en los años posteriores a 1990. Fue el capitalismo imparable, fue el capitalismo globalizado en expansión, fue la crisis orgánica de los partidos comunistas, fue una pérdida de credibilidad que algo tendría que ver con la propaganda persuasiva del sistema, pero mucho, también, con la acelerada despolitización de una sociedad que mezclaba precariedad, consumo, indolencia, frivolidad, pasividad y pérdida de espacios de socialización. No fuimos sectarios, ni antiguos, ni incapaces de entender el nuevo capitalismo globalizado. Fuimos débiles, se nos sometió a aislamiento preventivo, se nos machacó despiadadamente por medios de comunicación entonces muy poderosos y sin alternativa mediática. Fuimos neutralizados porque representábamos una larga línea de resistencia y de posibilidades reales de transformación. Fuimos desarmados ideológicamente porque no dispusimos de todos los recursos de análisis para hacer frente a quienes eran más fuertes, infinitamente más fuertes que nosotros. No pasamos de moda. Nos derrotaron.

Las formas de neutralización de la movilización de los explotados son muy diversas. A veces, hasta tiene forma de éxito. Sean cuales fueren las relaciones con estos sectores que brotan de un “momento”, pero no de un “proyecto”, lo que deberá hacer la organización de los comunistas es preservar lo que solo ella podrá tener a mano: el Polo Alternativo y la confluencia de la izquierda, tal y como se definió hace ya muchos años en el PSUC. Porque, si vamos observando todos los aniversarios a cumplir en este 2017, eso es lo que nos corresponde, legitimado por una mirada hacia la historia. En 1917, Lenin supo hacer madurar una alianza de obreros y campesinos que era mucho más que la unidad cupular de dos sectores. Esa confluencia fue la primera que se dio en el siglo XX para agrupar al pueblo ruso, superando las versiones más inmovilistas y sectarias de la socialdemocracia, que se olvidaba de la mayoría de la población. En 1937, murió Antonio Gramsci, tras haber peleado en la cárcel con sus propias inercias analíticas para descubrir un alentador proyecto de fusión orgánica entre el partido y las clases a las que representa en un bloque histórico democrático y anticapitalista. En 1977, el PSUC vio culminar la larga tarea de construir la hegemonía de los trabajadores socialistas en una lucha nacional y de clase, pero que nunca fue ni nacionalista ni laborista. En 1997, intentamos salvar todo eso de un vergonzoso proyecto de liquidación, que no suponía solamente la destrucción del partido comunista, sino la expropiación de la sustancia democrática y el poder de análisis de los sectores populares de Catalunya, permitiendo que la agenda nacionalista haya llegado hasta donde nunca se lo habría permitido una cultura democrática inspirada por el PSUC. En el 2017, el éxito de unos podría confundirse con la derrota propia. Pero se trata, tan solo, de un “fracaso” de taquilla, no de una liquidación política. Puede llegar a serlo si nosotros mismos la damos por buena. Si nosotros mismos identificamos ambas cosas. Si nos creemos que todo lo que cargamos en nuestra inteligencia es lastre y o ceguera, cuando debería ser el fundamento de una perspicacia que hemos de afilar.

Para afirmar que, frente al “momento populista”, nosotros habríamos de defender una resistencia que no es solamente testimonial, sino operativa. Un lugar social y político, un espacio cultural en el que continúan llamándose las cosas por su nombre, pero en el que no se pierde sentido de actualidad. La clase obrera no es la de 1977, pero la explotación es capitalista y la solución solamente puede ser la destrucción del capitalismo. La conciencia de antagonismo no es la de antes de la crisis de 1990, ni las temáticas movilizadoras pueden ser las mismas. Pero en el proyecto socialista y en la perspectiva de clase continúa latiendo una identidad que es mucho más que una mera resonancia a punto de agotarse. Defender ese espacio y saber articular procesos de unidad sin perder perfil propio, construir de otra forma el Polo Alternativo que ha sido desfigurado por el populismo, es la única tarea que justifica la existencia de este partido como fuerza política organizada. Lo cual no significa levantar una bandera contra todo lo que esta movilización coyuntural tiene de digna protesta, sino de alzarla contra lo que el populismo tiene de perversidad liquidadora, de neutralización del socialismo, de arrogante ruptura generacional, de presuntuosa carencia de principios.

1 Comment

  1. Entender y aceptar la línea que plantea Ferran Gallego, me ha costado leer su escrito tres veces, en intervalos de tres días.
    Creo que lo he entendido y estoy totalmente de acuerdo con lo escrito y con la línea de actuación personal que plantea Ferran, a partir de ahora mismo. También he tomado muy buena nota, para que a la hora de tener que razonarlo, encuentre las palabras entendibles para que la discusión política sea fuctífera. El escrito no tiene desperdicio.
    Salud y República.

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